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DABNEY, Meredith.

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DABNEY, Meredith.

Mensaje por Meredith Dabney el Mar Nov 14, 2017 6:35 am

Ministerio Británico de MagiaCiudadano Mágico

Meredith Dabney


   Meredith Dabney 3 de noviembre de 2024 (17 años) Brighton, Inglaterra Semi-sirena Mestizo

    Hogwarts / Gryffindor Lobo marino Espectador Lechuza Tani Birkin

   

Datos Familiares


    John Dabney / 45 años / Gryffindor / Boticario Nombre desconocido / Edad desconocida / Merrow / Costas del sur de IrlandaLeonor Dabney / 40 años / Ravenclaw / Coordinación Mágica Internacional Joseph (Joe) Dabney / 12 años / Slytherin / Estudiante


   

Historia


   John Dabney siempre fue un alma aventurera.  Sus padres, dos médicos muggles oriundos de Brighton, lo supieron desde el momento que pudo caminar, y la visita de un encargado del Ministerio de Magia poco antes de que cumpliera los once años solo pareció confirmar que lo excéntrico y descabellado era su destino.  Aunque, claro, nadie se esperaba lo que ocurrió a continuación.

Una vez graduado de Gryffindor, John abandonó el país para recorrer Europa con varios compañeros de curso.  El viaje duró un año, pero él no volvería a Inglaterra hasta pasada más de una década.  En uno de sus muchos viajes, comenzó a trabajar para un viejo boticario que necesitaba a alguien lo suficientemente valiente -o necio- como para conseguir ingredientes peligrosos.  No le valía cualquiera persona, porque necesitaba a alguien que los reconociera por su valor y causara el menor daño en el proceso.  John, que por entonces aceptaba cualquier cosa que le permitiera seguir viajando, acabó convirtiéndose en algo así como su asistente.  Se reunían en Dublín cada dos meses, o menos si alguna misión se lo impedía.

Meredith fue el resultado de una de ellas.  Navegando al sureste de Irlanda, John debía recolectar, esta vez, ingredientes de diversas criaturas marinas y, lo más peligroso, pelo de Merrow.  Debía tomarse su tiempo; era raro encontrarlos solos.  Por fortuna, al parecer la gente del agua marina no albergaba un odio tan profundo hacia los humanos como aquellos de quienes había oído hablar en el Lago Negro de Hogwarts.  O bueno, el asunto es que cuando se encontró con una, no intentó degollarlo, precisamente.

Trabajó varios meses en esas costas.  Ya casi había olvidado el fugaz encuentro cuando, de la nada, una figura se alzó en medio del oleaje y le entregó algo con toda rapidez.  Una bebé humana.  O en apariencia, al menos.  Al principio creyó que estaba muerta, pero un hechizo le permitió respirar.  Traía en la muñeca, atado con algas, un puñado de cabello de Merrow, casi tan verde y viscoso como las algas que lo contenían.

Lo próximo que supieron los Dabney de su hijo John es que había recibido a una hija de un ligue veraniego.  Aunque sorprendidos, ya que eso, según ellos, solo pasaba en las películas (o al menos con tanto dramatismo), le abrieron las puertas de su casa en Brighton, mientras él intentaba conseguir, sin mucho éxito, alguna residencia más cerca de la costa.  Nadie entendía su obsesión.  Tampoco es que él fuera a explicarle a sus padres, quienes prácticamente se habían desmayado al ver a un mago levitar un pergamino, qué es lo que le ocurría a la niña cada luna llena.  O por qué.

Pero aunque nunca lograron mudarse a la playa, John sí pudo, tras mucho buscar, acomodar una suerte de cueva submarina para las necesidades de la pequeña.  Las primeras lunas llenas que recuerda las pasó, en efecto, acompañada por su padre, que cada tanto rato debía salir a asegurar el hechizo de cascoburbuja.  Al menos, así, ambos se sentían seguros.  Ella, de no toparse a aquellas sirenas violentas contra las que le advertía su padre y, él, de que su pequeña no acabara perdida en mar abierto en medio de la madrugada.  No recuerda bien cuándo su padre dejó de acompañarla, pero sí por qué.  Por la zorra de Leonor, que estaba teniendo algún problema con Joe.  Claro que por entonces Joe tenía cinco años y Mer todavía no ocupaba palabras malsonantes.  O no tan seguido, al menos.  John se había casado, cuatro años antes, con una bruja bastante metida en política que por poco le lanza un zapato por la cabeza cuando se enteró de la verdadera procedencia de Meredith.  Pero ya estaba embarazada por ese entonces -o así le gusta contarlo a la muchacha- y pues qué mala suerte, amiga.  Ojalá se hubiese dado cuenta antes.  El asunto es que acabó aceptando la gran tragedia y mudándose con ellos.  Se casaron cuando Joe tenía un año, para desgracia de todos.

Puede que la culpabilidad de Leonor en todo el asunto sea cuestionable, pero Meredith la identifica como la raíz de todo mal.  Después de todo, antes de que ella llegara, todo iba bien.  Casi nadie sabía de su procedencia.  Nadie le había explicado que Hogwarts no aceptaba híbridos.  O que, por lo mismo, comprarle una varita no estaba dentro de lo recomendable.  Aunque a los siete años ya era común que abriera llaves de agua con la mente o hiciera levitar a su hermano durante una rabieta, la carta a Hogwarts no llegó.  Recuerda su cumpleaños número once casi como una humillación planificada, pues Leonor no encontró nada mejor que llevarla al Callejón Diagon a tomar un helado mientras le explicaba lo injusto que era el mundo.  Acabó con la túnica goteando chocolate.  

Asistió durante todo ese tiempo a una escuela muggle.  Adivinen quién lo recomendó.  Así podría formarse aunque no tuviera acceso a la educación mágica y John no tendría que dejar de lado el trabajo para educarla, como había estado haciendo hasta entonces.  Pero, claro, la adaptación no fue de lo mejor.  Algunos profesores llegaron a creer que tenía un severo trastorno mental, al pillarla contándole a sus compañeros sobre cómo se transformaba cada luna llena.  Pero a ellos no los alarmó: más bien, se transformó en el bicho raro y hasta que abandonó la secundaria para asistir a Hogwarts, seguía siendo común verla colgada del pelo de alguna compañera cruel o esperando en la oficina del director con la mano cubierta de hielo.

El anuncio del Ministerio fue un alivio, sinceramente.  Tanto para Meredith como los Dabney.  Por entonces, las cosas se habían puesto tan complicadas, que no había día que John tuviera que aparecerse cerca del colegio para alguna reunión o que Meredith no acabara a gritos con su madrastra.  Coincidió, también, con un ascenso a Leonor dentro del Ministerio.  Emocionada e intentando demostrar su compromiso con el bien social, no encontró nada mejor que contar la historia de Meredith en plena entrevista.  Comenzaron a recibir pescado fresco todas las mañadas en la puerta de entrada.  Al principio, a Meredith le daba risa.  Luego, comprendiendo que el insulto no iba precisamente dirigido a Leonor Dabney, sino a la hijastra de Leonor Dabney, dejó de hacerle gracia.  Todos sus sueños se estaban volviendo realidad: podría asistir al colegio, podría alejarse de la estirada de su madrastra; pero no le gustaba para la nada la forma en que estaba sucediendo.  Había mucha gente empeñada en impedirlo.  Otros, incluso, consideraban que no debía existir.  Y todos se creían en el derecho de hacerle saber su opinión alto y claro.  La broma de los peces muertos escaló hasta el punto de encontrar varios clavados a su puerta de entrada y, entonces, Leonor decidió que la familia debía relocalizarse.  ¿Y qué lugar mejor que Bryneira?

Brighton, respondería Meredith.  Odiaba que por culpa de la bocota de Leonor hubiesen acabado en ese pueblo perdido en Gales, desprovista de la conexión con los muggles, que apreciaba más de lo que los demás se daban cuenta.  Puede que sus la llamaran bicho raro, pero también tenían amigos.  Y prefería que la creyeran rara a que la llamaran una aberración.  O que hicieran protestas para evitar que fuera al colegio.

Porque eso era lo otro.  No podía llegar a King's Cross como lo había hecho Joe el año anterior.  Oh, no.  Para qué.  Mucho mejor que se presente una horda de descerebrados a gritarles que se volvieran al mar o al cementerio o a donde sea que viven las semi-arpías.  Meredith casi le entierra la varita en el ojo a uno de los protestantes, si no fuera porque su padre la tomó por debajo de los brazos y la subió al tren a la fuerza.  

Un maravilloso comienzo.  Y de seguro ahora se pone mejor.


   

Otros datos


   
- Detesta el agua dulce, pero ha tenido que adecuarse a ella durante las lunas llenas, al ser más fácil de conseguir un lugar seguro dentro de un lago que en mar abierto.  En especial desde que la zorra de Leonor los obligó a mudarse a Bryneira.
- Joe todavía no entiende que el cambio a Bryneira fue culpa de la tonta de su madre y no suya.  Se lo echa en cara cada vez que puede.
- Conoce mucho mejor el mundo muggle que el resto de su familia.  Aunque le permitieron ir a una escuela muggle hasta que pudo asistir a Hogwarts, su padre y madrastra jamás interactuaron demasiado con el colegio.
- Adivinen dónde aprendió a pelear a base de pasársela soltando puñetazos a la primera de cambio.
- No ha soltado su varita desde que la adquirió.  Prácticamente duerme con ella.
- Odia a los gatos.  Y es mutuo.
- Fuma tabaco.  Bastante.  La sola idea de quedarse sin suministros le aterra, pero ese es un problema para más adelante.
- Detesta el ejercicio.  Nunca ha podido moverse con demasiada soltura en tierra firme y es la primera en reírse en tu cara si la invitas a algún partido de Quidditch improvisado.  Tuvo suerte de que no le tocaran clases de vuelo, porque sino seguro acababa escondida bajo las gradas hasta el final de la clase.
- Canta muy bien.  También toca guitarra, pero le cuesta hacerlo en público sin convertirlo en una broma para ocultar su vergüenza.
   


   

   

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Re: DABNEY, Meredith.

Mensaje por Duendecillos el Mar Nov 14, 2017 9:47 pm

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Re: DABNEY, Meredith.

Mensaje por Meredith Dabney el Miér Nov 15, 2017 4:41 am

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Re: DABNEY, Meredith.

Mensaje por Duendecillos el Miér Nov 15, 2017 12:34 pm

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