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CADOGAN, Llewellyn

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CADOGAN, Llewellyn

Mensaje por Llewellyn Cadogan el Vie Jul 07, 2017 4:44 pm

Ministerio Británico de MagiaCiudadano Mágico

Nombre Apellido


Llewellyn Cadogan 23/12/2019 Pwllheli, Gwynedd, Gales Humano Mestizo

Estudiante / desempleado N/A Hogwarts / Ravenclaw N/A Jack Lowden

Datos Familiares


Glynn Cadogan / 68 / Hufflepuff / Granjero Rhiannon Cadogan / 68/ Hufflepuff / Modista


Historia





Si había algo en lo que la familia Cadogan parecía entregarse en cuerpo y alma era en hacer honor a su lugar de procedencia, es decir, Gales, y ser gente sencilla y sobre todo muy de Hufflepuff, como la buena de Helga hubiera querido. Durante generaciones y generaciones se habían reproducido sin parar y con mucho ahínco, llenando la enorme granja que poseían en el Norte de Gales de niños y niñas que cuando cumplían once años, se iban derechitos a Hogwarts a ser seleccionados en Hufflepuff, y todo iba bien. Glynn no iba a ser menos, y fue en la escuela donde conoció a su mujer Rhiannon, con quien se casó nada más graduarse y por supuesto, se mudaron a la casa familiar donde ella fue acogida como una más. Todo iba bien y eran felices en su granja de no ser por un pequeño detalle, y es que parecía que su primogénito no terminaba de llegar, por mucho que ellos lo deseaban, y cuando ya se habían resignado a su suerte, nació Llewellyn.

Por fin ya los Cadogan tenían la vida que siempre habían deseado, en su granja rodeados de su familia y por fin, con el hijo que tanto querían. Es verdad que Llewellyn no era el niño alegre de mejillas sonrosadas y ojos brillantes que les hubiera gustado, no era un crío curioso e inocente cuya máxima preocupación era cuando recibiría su carta de Hogwarts y si le aceptarían en el equipo de quidditch, él tenía otros asuntos en la cabeza como por ejemplo, si toda su familia iba a morir durante la noche o qué era eso de tener cáncer. Bueno, esas cosas, tampoco era nada importante, al fin y al cabo los niños a veces son así y no pasa nada, de no ser porque los años empezaron a pasar y Llewellyn no daba muestra alguna de tener sangre mágica corriendo por sus venas. Estaba bien, algunos niños tardaban algo más y no era grave, hasta que sí que empezó a ser grave.

Probablemente si Llewellyn hubiera nacido unos años atrás, nunca hubiera recibido su carta de Hogwarts, pero ahora las cosas habían cambiado y a pesar de su condición sus padres pudieron matricularlo. No era un plan demasiado prometedor porque tras ponerse muy pesado y preguntar un millón de veces de manera muy insistente, Llewellyn descubrió lo que le pasaba, y es que era un squib, y aparentemente eso era terrible. Tan terrible como que ibas a ser un apestado toda tu vida porque eras un mago pero sin las cosas buenas de ser mago, es decir, magia. En realidad la perspectiva no era tan mala porque resulta que la magia es peligrosísima y mejor ser precavido, pero claro, sus compañeros no pensaban eso. Durante la Ceremonia de Selección el sombrero le eligió para Ravenclaw, sentado precedente en su familia, aunque total poco importaba porque tampoco era como si Llewellyn estuviera deseando aportar demasiado a su casa.

Los cuatro años que pasó en Hogwarts fueron una auténtica tortura. Aunque algunos de sus compañeros eran más comprensivos, otros le hacían la vida imposible porque bueno, al fin y al cabo era un squib y eso era poco menos que ser un tarado, bueno, era ser un tarado. Durante las clases se dedicaba a simplemente hacer acto de presencia, sus notas eran pésimas y no ponía ningún interés, ¿para qué? Él no era un mago y todo aquello era un error, lo único que ganaba con aquello era una buena cantidad de angustia y muchos datos acerca de todas las maneras en las que la magia podía salir fatal. Durante su cuarto año la cosa fue de mal en peor y cada vez se fue distanciando más de sus compañeros y encerrándose en sí mismo hasta el punto de que sus padres, preocupados, decidieron que lo mejor era no obligarle a volver a Hogwarts.

Por un momento, Llewellyn albergó la esperanza de que una vez ya parecía que su familia se había hecho a la idea de que era el squib más inútil de todos los tiempos y ya le iban a permitir acudir a una escuela muggle a ver si así al menos hacía algo con su vida, las cosas mejorarían. No podía estar más equivocado y es que vivir aislado durante quince años no obra milagros, y una vez más, no consiguió caer en gracia a sus compañeros, que no entendían por qué el chico parecía recién llegado al planeta Tierra. En cierto modo no andaban desencaminados y es que no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo muggle, y aunque la mentira de que había sido escolarizado en casa era efectiva no significaba que sus compañeros fueran a compadecerse de él y perdonarle todas sus torpezas y rarezas.

Y así, ya no solo Hogwarts fue una tortura, si no que también la escolarización muggle se le hacía terriblemente cuesta arriba a Llewellyn, quien no conseguía encajar ni siquiera cuando lo intentaba, que eran pocas veces. Tras un par de años de agonía y malas caras, desistió en su intento de sacarse el graduado escolar y así terminó volviendo a su casa donde decidió encerrarse en su habitación para nunca más salir. En realidad sí que a veces emergía de las tinieblas en las que vivía para poco más que alimentarse y, si le preguntaban, hacer saber a todo el mundo que era infeliz y que odiaba todo. Obviamente, sus padres ya no sabían qué hacer porque, ¿qué mas podían intentar? El mundo mágico parecía venirle grande, pero también lo hacía el mundo muggle, y la situación no podía sostenerse demasiado tiempo.

En realidad sí que podía sostenerse el suficiente tiempo, y es que Llewellyn ya tenía veinte años y aún no se había ni siquiera planteado qué hacer con su vida más allá de lamentarse y recopilar mucha información acerca de accidentes mágicos que terminaban horrible. Aunque le servía de consuelo el saber que la magia era terrorífica, espeluznante, pavorosa y potencialmente mortal en cientos de ocasiones, eso no hacía que su calidad de vida mejorase nada así que sus padres decidieron ponerse serios y obligarle de una vez por todas a salir de casa y al menos adaptarse al mundo muggle, ya que era obvio que no planeaba hacer ningún esfuerzo por convertirse en un mago (empero squib) de provecho.

No es que los señores Cadogan fueran unos desalmados, así que le costearon al agorero de su hijo un apartamento en Aberystwyth, lo suficientemente lejos como para que se airease un poco (y dejase de darles la murga) pero relativamente cerca como para echarle un ojo de vez en cuando. A Llewellyn no le hizo ninguna ilusión tener que apuntarse a un curso para sacarse el graduado escolar dirigido a adultos, porque todos los alumnos eran gente espantosa que habían fracasado en la vida, es decir, le recordaban a sí mismo. El conocimiento muggle era apasionante a la vez que muy complicado, así que Llewellyn se arrastraba como podía a clase de vez en cuando para recordar a todo el mundo que vamos a morir pronto y poner cara de asco, pero sus notas seguían siendo pésimas a pesar de que al menos, ahora iba avanzando poco a poco, que ya era decir.

El mundo muggle no estaba tan mal, después de todo, o al menos eso se obligaba a pensar Llewellyn, a lo mejor hasta le iba a empezar a gustar un poco, y los muggles no eran tan terribles como los magos decían. No es que él tuviera un montón de amigos (de hecho el conteo se reducía a cero) pero quizás podría adaptarse, de no ser por esa incómoda sensación que le atenazaba el estómago de vez en cuando, y no eran ganas de morir (esas le eran familiares y no se sentían así). Era otra cosa, era un hormigueo en la punta de los dedos, como si hubiera algo burbujeando dentro de él y cada vez le costase más mirar para otro lado e ignorarlo, pero qué remedio tenía, y más ahora que las cosas empezaban a ir medio bien, no querría estropearlo, ¿no?


Otros datos




* Durante sus años en Hogwarts pasaba horas encerrado en la biblioteca tratando de documentarse lo máximo posible acerca del miedo que daba la magia y de todos los hechizos que tenían terribles consecuencias. El bibliotecario terminó cogiéndole manía.

* Su apartamento tiene una segunda habitación que periódicamente intenta alquilar a algún muggle, pero siempre sale mal, como todo en esta vida.

* Durante su estancia en Hogwarts, un compañero le retó a un duelo tras una pelea verbal, así que lo único que pudo hacer fue pegarle un puñetazo preventivo en la cara. Lo peor de todo es que el castigado terminó siendo él.






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Re: CADOGAN, Llewellyn

Mensaje por Duendecillos el Sáb Jul 08, 2017 12:07 pm

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